Vivir de Cine

Fecha de Publicación: 28/10/2020

El cine es, bajo mi punto de vista, un arte extraordinario y estimulante que existe para dar sentido a las cosas; para inspirar y sanar. Algo que me fascina profundamente es el hecho de que en las películas no hay cabida para la aleatoriedad; pues nadie se enamora por coincidencia, a nadie le hieren por casualidad. Y es que en el cine, como en la vida misma, todo tiene un sentido, cada instante tiene su fundamento. Es el destino, creo yo. La plasmación vital del significado. Pues las pelis, como el resto de artes, no dejan de ser representaciones sobre los diversos misterios de la vida. Y el amor es, casi siempre, el principal motor que motiva a personajes y espectadores. Salvo excepciones muy concretas así suele ser; porque siempre habrá alguien a quien salvar, alguien a quien tender una mano. Evidentemente también hay películas moralmente reprochables, pero no dejan de ser una minoría en comparación con las incontables obras que son fotogramas de pura luz, trances oníricos capaces de inspirar hasta extremos insospechados.

Otro aspecto apasionante del cine surge en los sucesivos visionados de una película. Porque la primera vez que contemplo una obra cinematográfica voy un poco a la deriva, desconociendo por completo las sorpresas de la trama y lo que quiera que pueda sucederles a los personajes. No obstante, en futuros visionados ya sí que lo sé. Sé, por ejemplo, si a un soldado van a volarle la cabeza o si dos personas van a conocerse en un parque. Lo que ocurre, y he ahí lo maravilloso de la situación, es que los protagonistas, como cualquiera en la vida real, siguen sin saber lo que va a pasarles a continuación. Y puedo ver su expresión, consciente de lo que les espera aunque ellos siguen sin saberlo. Esta perspectiva que tengo como espectador, la de saber en cierta manera lo que va a ocurrir, creo que me acerca más a lo divino, pues seguramente se parece más al modo en que Dios contempla el mundo y no tanto a como lo presenciamos los seres humanos.

Por otra parte, a veces me pregunto qué sentirán los actores y las actrices cuando se ven en películas que protagonizaron hace muchos años. Porque ellos envejecen pero en sus películas permanecen siempre igual, intactos al paso del tiempo. Es por ello que el buen cine es eterno y pertenece a la eternidad; porque estaba antes de que llegáramos nosotros y perdurará cuando ya nos hayamos ido. Además, el cine es un arte colectivo en el que trabajan diferentes artistas; desde la música hasta la fotografía, sin olvidar el montaje; otro aspecto sumamente fascinante para mí. Pues en una película el avance del tiempo no tiene porque ser lineal, como sí sucede en la vida real. Mediante un flashback, por ejemplo, podemos volver a ver con vida a un personaje que ya había muerto y eso me parece realmente emocionante, pues a su manera es algo así como una resurrección temporal.

A nivel dramático otro aspecto trascendental del séptimo arte es que está plagado de contrastes, como en la vida misma. Pienso, de hecho, que hasta el momento más feliz de una película encierra su lado triste, o viceversa; bien sea por las connotaciones de la propia historia o por reflexiones de los personajes, entre otras cosas. Hay miles de escenas maravillosas en las que ocurre esto. Pues aunque bien es cierto que el cine es eterno, cada vez que veo una película es un viaje único con su principio y con su final. De ese modo, incluso el momento más exultante de un film puede contener asimismo su lado frágil, nostálgico. Entre otras cosas porque, a pesar de su gran energía y potencia, todos los momentos son caducos, pasajeros, y la felicidad, al igual que la tristeza, no siempre se sienten del mismo modo ni con la misma intensidad. La forma en que las grandes películas calibran estos sentimientos me resulta sublime. Y es que todo es un contraste en la vida y en el cine. Todo purifica. Todo es sagrado.

En cierto modo, el cine me lo ha dado todo desde niño; mis valores, mi forma de ver el mundo, incluso mi memoria, ya que al recordar cuando vi un film recuerdo también, y con gran precisión, muchos acontecimientos que rodearon su visionado.

Lo mío con las películas es un lazo fraterno.

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